Agua Clara / El Jamaicón
Por Miguel Ángel Alva González
(Segunda quincena abril 2004)
Es la sección correcta, no pretendo hablar
de fútbol o de José “Jamaicón”
Villegas. Por otro lado, ni le busquen, la palabra no se ha
registrado ni en el diccionario de la Real Academia ni en
el de mexicanismos de su hermana Mexicana. Pero existe y es
en sí un síndrome o mal así conocido:
el síndrome del jamaicón. No es mi tarea tampoco
con estas líneas explicar su origen (que es anecdótico
y me parece lo suficientemente conocido en México),
pretendo más bien dar rienda suelta a algunos apuntes
de dicho síndrome, y no con ánimo de especialista
en el tema, sino con el del que lo padeció.
Si bien no son futbolistas y no son apodados
como aquél joven Villegas, defensa del Guadalajara,
un sinnúmero de estudiantes mexicanos universitarios
y de postgrado cruzan la frontera mexicana y emprenden la
tarea de estudiar en el extranjero. Soy uno de ellos.
Centro de Londres, en un apartamento a pocas
cuadras de Covent Garden. Era la primera vez que cruzaba el
charco y que me veía inmerso en un país con
lengua y cultura diferente a la mía. Era pues el minuto
uno del partido que estaba por jugar. Rodeado de vida, de
movimiento, de una parte que nunca duerme de aquella ciudad
capital, yo me sentía profundamente solo. Era una sensación
inefable donde lo único que pude hacer fue llorar en
silencio como un niño y con la misma melancolía
de aquél “Jamaicón” Villegas, mirando
sus estrellas y pidiendo sus chalupas, sopes y rico pozole.
Es fuerte, que ni duda cabe, estar en una cancha
totalmente distinta en la que uno se ha acostumbrado a tirar
patadas y meter sus particulares goles. Todo es distinto.
Sales a la calle y no hay aquél marchante a quien pedir
una torta o rico taco, y tampoco un lugar que te sea inmensamente
tuyo y totalmente conocido. Aquí nada es conocido.
Y no importa que hables el idioma del lugar o que seas de
los que se hallan rápidamente a nuevas condiciones:
te puede suceder en cualquier momento y cuando menos lo esperes.
Es cuando te percatas de que algo te falta.
A Villegas le faltaban sus antojitos; a otros nos falta la
familia y los cuates, y a unos más “simplemente”
el aire de su tierra. ¿Es cosa exclusiva de los mexicanos?
De alguna manera me atrevo a decir que sí; al menos
el tipo de sentimiento, tan fuerte, que nos puede llegar a
invadir. Es quizá que nos atamos demasiado fuerte a
lo nuestro.
Pero, vaya, ¡que ya es nuestro! Es entonces
cuando podemos seguir adelante; cuando podemos evitar o superar
el sentimiento y olvidar que debemos de estar en México
para poder sentirnos bien y seguir andando camino. Es decir,
que porque somos unos sentimentales sin remedio, que sabemos
y amamos mucho, por ello es que no debe ser obstáculo
el estar lejos de la tierra para emprender nuevas tareas.
Así sucedió. Reparé que
soy lo que soy donde sea y con quien sea; que mi tierra me
ha dado tanto que ya es cosa mía que me sigue y no
me deja. Que el sabor y olor de la comida mexicana puede esperar
un poco a hacerse presente y mientras ser un bellísimo
recuerdo que nos alimenta para seguir adelante; que el cariño
y camaradería de los cuates sigue ahí y que
debe ser solaz suficiente para no dar marcha atrás;
que somos siempre y que estamos por un rato, y más
nos vale ser lo mejor que podamos mientras estemos en el lugar
que nos toque estar.
Y no es que ya sea inmune al síndrome.
Como dije, puede pasar en cualquier momento y en un descuido.
Estoy ahora en Alemania y no puedo negar que me ha ocurrido
de nuevo. Pero se sigue jugando y procurando el sosiego.
Dicen que desde aquella situación del
“Jamaicón” Villegas fue como se dio lugar
a la expresión y se pudo definir mejor a lo que tantos
mexicanos sintieron y siguen sintiendo cuando están
allende nuestras fronteras. Válido es totalmente el
sentimiento, y ciertamente triste y poco recomendable. Mucho
mejor entonces dar paso a un sentimiento que nos de cuenta
de lo inmenso que es el cariño por nuestra tierra,
y que así como generamos sensaciones tan fuertes que
nos deprimen y nos doblegan, que este otro sentimiento, que
es de siempre, de cariño y amor por lo nuestro, nos
haga superar las barreras propias y externas.
El “Jamaicón” dio paso al
nombre, al menos de forma coloquial, del síndrome en
cuestión, pero también fue reconocido como un
futbolista de clase y formó parte de aquél campeonísimo
Guadalajara. Ojalá, pues, que haya una igual o mejor
historia para tantos colegas mexicanos que, dentro de lo mucho
que se pasa en estos menesteres académicos, llegan
a sentir esa nostalgia por la tierra y un deseo inmenso por
un regreso a casa. Que más allá de síndromes,
éstos se eviten y dejen a su paso buenos caminos y
que formen parte de mejores anécdotas e historias mexicanas.
Así sea.
Cualquier comentario dirigirlo a: alva_miguel_angel@web.de
© Miguel Ángel Alva González
NOTA: Tanto el presente texto (sección
Arte, cultura y sociedad) como “Alemania depositada
en colores” (sección Ciencia y medio ambiente),
forman parte de la competencia “Esfera Pública”
del periódico Reforma (en su versión en línea
www.reforma.com ). El
autor agradece la opinión/calificación que se
le brinde a dichos artículos. Para ello se debe ser
suscriptor del citado periódico y tener acceso en línea
a él. Gracias mil por la participación.
|